El caso de Melania Trump

La primera dama estadounidense es ahora un papel en blanco sobre el que las mujeres proyectamos nuestras pesadillas. No sabemos si tomarla como víctima o acusarla por su complicidad con el misógino más poderoso del mundo. Pero la denuncia debe trascender a Melania.

Gabriela Wiener, desde Madrid

The New York Times, edición en español, 27-1-2017

https://www.nytimes.com/es/

Pasan los días y seguimos sin saber cómo tomar a Melanija Knavs, la exmodelo yugoslava que se nacionalizó estadounidense en 2006 y once años después se convertiría en la primera dama de Estados Unidos.

No sabemos si abrazarla fuerte en medio de ese gesto contrito, desolado, o tomarla con pinzas cuando dice que su marido es un tipo con el corazón y la mente de un líder, algo que es comprensible que alguien diga de su marido. A menos que este sea presidente de los Estados Unidos de América y se llame Donald Trump.

Por eso, por momentos, cuando veo la mirada perdida de Melanija/Melania, tan lejana que hace que las flores del mantel parezcan tener más vida que ella, tengo ganas de aplaudirle en medio de la nariz, como cuando se despierta a las personas hipnotizadas. O a alguien que lleva más de una década al lado del misógino más poderoso del mundo.

Los mensajes de sororidad —irónica y en dosis ajustadas, tratándose de la aventajada esposa blanca de un multimillonario blanco del hemisferio norte— de la campaña #FreeMelania, parecen ser parte de un guion cómico de Lena Dunham o de Amy Schumer, sobre todo cuando son enarbolados por jóvenes como muchas de las que marcharon el otro día: “Melania, si estás en peligro, pestañea dos veces”.

El estilo dominante en las protestas en Estados Unidos ha sido el del humor feminista en modo guerrilla. Al final se han oído más risas por el supuesto “síndrome de Estocolmo” de la señora Trump, que por las comparaciones sexistas de su vestido azul con el vestido de Michelle o el de Jessica Lange en la segunda temporada de American Horror Story. Y la denuncia ha funcionado. La idea de Melania como víctima ha calado.

Sin embargo, a la hora de ponernos serias, la opinión se ha dividido entre los que creen que hay que “ser amables” con ella, aunque solo sea una presunta víctima, y no olvidar ni por un segundo que Trump es el verdadero objetivo; y los que rechazan que se le victimice y alegan que hay que hacerla responsable de sus decisiones; por ejemplo, la de seguir tolerando a un hombre de ideas abiertamente xenófobas como su marido y continuar en el papel de colaboradora de un gobierno que niega el cambio climático y se relame con la elaboración de muros.

Y aun así, más que una incógnita o un personaje ambivalente, la primera dama estadounidense es ahora mismo un papel en blanco sobre el que estamos proyectando nuestras pesadillas. Por si fuera poco, todos esperarán convertirla en su instrumento: mientras su marido parece usarla como trofeo, los enemigos de Trump la quieren de arma arrojadiza, e incluso desde el feminismo la hemos usado como símbolo de un estado de cosas, minimizando o exacerbando las circunstancias concretas de su “drama particular” (en caso de que sea efectivamente un drama).

Pero si intentamos trascender, por un momento, la figura de Melania, el #FreeMelania tiene un efecto mucho más potente. La denuncia es otra. No se trata de “liberar” a la supermodelo “secuestrada” por el supertirano, sino de liberarnos a nosotras mismas de los modelos que nos imponen y que no nos representan: la mujer-florero, la mujer-objeto, la mujer detrás del “gran” hombre, la primera dama…

La rebelión ante esta nueva encarnación de lo más rancio del aparato misógino y opresor en el poder es lo que viene explotando en las calles día tras día. Y no solo en las calles en las que Madonna o Scarlett Johansson dan discursos, también en las que se llenan de mujeres perseguidas: las negras, las indígenas, las musulmanas, las mexicanas, mujeres que corren auténticos riesgos.

Melania no solo no pertenece a ninguno de esos colectivos sino que lo más probable es que no mueva un dedo por ellos, ni siquiera en nombre de su origen balcánico y su condición de inmigrante en Estados Unidos. ¿Por qué entonces debemos preocuparnos por sus ataques de spleen o melancolía? Tal vez porque en eso (también) consiste el feminismo: en saber que estamos aquí las unas para las otras. Aunque la víctima de turno no pestañee.

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